29/04/2024

CUADERNO DE AGRAVIOS DE LAS MUJERES DE DONIBANE LOHITZUNE Y DE ZIBURU. Segunda parte.

Escrito por La Prima de Emma

Escrito y enviado a París en 1789, uno de los primeros testimonios de reivindicación colectiva femenina.

 


Por otra parte, vemos que, siguiendo sus órdenes, se llama a las asambleas de parroquias, de bailiazgo y de senescalado a los campesinos, agricultores, rústicos que ciertamente están menos instruidos que la mayor parte de nosotras. ¿Qué consejo útil pueden brindar estos innobles representantes que no podamos ofrecer nosotras mismas? ¿Por qué ley, que por esencia debe ser imparcial y a los ojos de la cual no debe haber distinciones, los convoca a ellos prefiriéndolos a nosotras? No es en razón de sus luces, a que carecen de ellas, y tampoco es en razón de sus títulos de propiedad, puesto que pueden ser comunes a los dos sexos. ¿Es pues porque son hombres por lo que se los llama al consejo de la nación? ¿Y a nosotras se nos excluye porque no lo somos? ¡Qué parcialidad tan indigna! ¿Es que es una mancha ignominiosa el haber nacido mujer? ¿Será posible que bajo un reinado tan ilustrado tengamos que avergonzarnos de nuestro sexo? Seguramente, si el sentido común y la equidad presiden los estados ecuménicos de los franceses, estos abogarán una ley odiosa que crea una distancia casi infinita entre dos seres tan estrechamente ligados por la naturaleza y la religión.

Y ahora os vamos a presentar una de esas verdades indiscutibles y luminosas sobre la que desafiamos a Francia entera a que pueda formular una duda razonable. Parece evidente, según las declaraciones emanadas de vuestro consejo, que los Estados Generales van a ser una asamblea económica. Y es ciertamente sabido que la economía pública, para tener una sólida consistencia, debe estar modelada sobre los principios de la economía particular; y ¿no está claro que quien mejor entienda de esta, más capacitado está para ordenar aquella? Ahora bien, nosotras preguntamos, ¿Cuál de los dos sexos está más familiarizado con las operaciones y las reglas de la economía doméstica? La respuesta está ya dada; todos los hechos están a nuestro favor. Sí, Señor, entre nuestra clase hay muchas economistas y, aún más, ecónomas. Nuestros adversarios no lo ignoran; muy a menudo se han servido de nuestra experiencia y si fueran justos lo confesarían abiertamente. Quién sabe si entre aquellos que podrán votar en los Estados Generales habrá alguno que no lleve otras respuestas a las de su esposa, o de su ama de llaves. Conocemos madres de familia perfectamente al tanto del gobierno de una familia, fuente primera, aunque remota, del bienestar nacional. Perfectamente al tanto de la administración de las varias ramas de comercio; incluso podrían proporcionarnos amplias instrucciones sobre este triple objeto; ¿y no se las querría escuchar? Eso sería evidentemente huir de la claridad aparentando un vivo deseo de conocerla. ¿Pero sería posible que la verdad en nuestros labios dé miedo a los hombres, y pierda su prestigio y atractivo? Por otra parte, tenemos gran cantidad de objetos que proponer a la Asamblea, de los cuales no se ocuparían otros, sino las mujeres miembro llamadas a la Asamblea General, objetos que, sin embargo, tienen como meta todos ellos: la regeneración del imperio.

1. Tenemos que solicitar la reforma de la frívola educación que se nos ofrece. ¿No clama al cielo que sólo se cultive en nosotras las facultades corporales, como si no fuéramos más que materia, como si no tuviéramos alma? ¿No resulta vergonzoso que se limiten a enseñarnos solamente a guardar la compostura, a armonizar nuestros gestos, a andar cadenciosamente, bailar con gracias, a canta melodiosamente, como si no se viera en nosotras otra cosa que unas marionetas y unas cabezas de chorlito sin provecho? ¿No es humillante que sean los trabajos manuales, la costura, el bordado, el punto, las únicas tareas en las que se ocupe nuestra preciada juventud, cuando podríamos hacer tantos o más progresos que los hombres en las ciencias y las artes nobles, sobre todo en aquella que requieran gusto e imaginación y, como ejemplo, citamos las Desnoulières, las Duchalet, las Du Bocage, etc.? Para acabar con tales abusos, vamos a proponeros escuelas, colegios, universidades, donde se nos admita para recibir instrucción necesaria para el completo desarrollo de nuestras facultades intelectuales con el fin de que podamos prestar todo el concurso que nos sea posible a la obra inmortal del bienestar general.


2. Tenemos que denunciar otro abuso que provocará siempre la indignación de todo ser sensible y cuya propagación, si no se tiene cuidado, inutilizará poco a poco las más fecundas fuentes de la población. Hablamos del celibato; ese monstruoso celibato, cuyos placeres resultan difíciles, que multiplica los crímenes, que reseca las almas, perpetúa el egoísmo, corrompe las costumbres, lleva el deshonor al seno de las familias, incluso a las más honradas. Ese celibato gana terreno insensiblemente en nuestras ciudades, en nuestros campos, en provincias. ¿Y qué consecuencias trae todo esto? Pues que de todas las niñas que nacen en vuestro reino, apenas la mitad logra establecerse, y que las desamparadas no les queda otra cosa excepción de sus votos fervientes, pero estériles, porque las fuerzas del Estado se multipliquen, pues no es a ellas a quien hay que atribuir culpa de esta plaga destructora de la sociedad. Este vicio tan opuesto a las leyes de la naturaleza, así como a las de una sabia constitución, merecería toda la atención de los legisladores. ¿Cuántas veces no se les ha pedido en nombre de la patria que detengan lo antes posible un desorden tan peligroso? Y sin embargo ¿qué remedio han ofrecido? Ninguno, porque ellos son a la vez jueces y parte en la cuestión. Y sin embargo, los hay. El más eficaz sería poner una nota de infames a todos los célibes por gusto, declararlos inhábiles para poseer cargos, desheredándolos de y adjudicar sus herencias a las muchachas sin fortuna o poco favorecidas, en una palabra, concederles una dote. Pero habría que tomar la sabia medida en que nos encontraran acomodo y dichas dotes estarían en proporción; 1º a su nacimiento, una muchacha de condición resultaría privilegiada; 2º a su edad, treinta años, por ejemplo, obtendrían una dote considerable, puesto que el tiempo apremia; 3º a su aspecto físico, las poco agraciadas por la naturaleza serían generosamente dotada, y la belleza y las gracias personales serían como un suplemento compensatorio. El amor tendría sus reservas ante este reglamente, pero la ley no tiene los ojos del amor y una ley semejante, aplicada con exquisita exactitud, vivificaría la población y reforzaría considerablemente las buenas costumbres.


Continuará...

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