- CNT llama a hacer huelga este 17 de marzo
- En las siguientes líneas se puede leer el comunicado de CNT Gipuzkoa y CNT Bilbo
Desde CNT entendemos que el aumento del salario mínimo no es solo necesario, sino urgente. Existen razones económicas y sociales más que suficientes para sostener esta exigencia, y la realidad material de la clase trabajadora en Euskal Herria lo confirma día a día.
Hay motivos de sobra para parar este 17 de marzo. Llamamos a los y las trabajadoras a la huelga, a que participen de manera activa.
El coste de la vida en Euskal Herria es significativamente superior al del conjunto del Estado. Vivienda, energía, alimentación y servicios básicos absorben una parte creciente de los salarios, afectando de forma especialmente dura a quienes se sitúan en los tramos más bajos. Mantener un salario mínimo uniforme para todo el Estado español, ajeno a esta realidad, supone asumir como normal una pérdida estructural de poder adquisitivo y consolidar situaciones de precariedad crónica.
Desde una perspectiva anarcosindicalista, es imprescindible situar correctamente el marco del debate. El salario mínimo no es una cuestión meramente técnica ni administrativa, ni puede resolverse en espacios institucionales cerrados. Es, ante todo, un terreno más del conflicto capital-trabajo. Un salario mínimo propio debe servir para que el capital asuma los costes que hoy descarga sobre las trabajadoras y trabajadores: el encarecimiento de la vivienda, el aumento de la cesta de la compra, el deterioro de los servicios públicos ... El diferencial en el coste de la vida respecto a otros territorios no es accidental, sino consecuencia directa de un modelo económico que privatiza beneficios y socializa pérdidas. Las patronales se quejan regularmente de que los salarios en este territorio son, de media, más altos que en resto del Estado, pero rápidamente olvidan que el coste de la vida es aún más alto, además de haberse acelerado en los últimos años.
En este contexto, advertimos de los riesgos de confiar la resolución de este conflicto a la concertación social o a la supuesta voluntad del Estado. La experiencia demuestra que estos mecanismos tienden a desactivar el conflicto, subordinando los intereses de la clase trabajadora a equilibrios políticos y reforzando marcos de negociación favorables a la patronal y a los sindicatos institucionalizados.
Sin presión organizada y sostenida desde abajo, no hay avances reales ni duraderos. La convocatoria del próximo 17 de marzo, impulsada, entre otros, por ELA y LAB para presionar a las patronales Confebask y CEN y a los gobiernos autonómicos vasco y navarro en favor de un salario mínimo de 1.500 euros, llega tras el cierre en falso del debate por la vía parlamentaria. Este bloqueo ha vuelto a evidenciar que el parlamento no actúa como un espacio neutral, sino como una institución al servicio de los intereses de la clase propietaria y empresarial. Al mismo tiempo, el llamado diálogo social se consolida como un instrumento destinado a contener y neutralizar las reivindicaciones obreras, desviándolas hacia marcos inofensivos para el capital.
Desde esta perspectiva, entendemos el 17 de marzo como un paro de 24 horas necesario, como un primer paso, pero que debe analizarse con exigencia. Una huelga es una herramienta poderosa de la clase trabajadora y, precisamente por ello, no puede llevarse a cabo sin una preparación real en los centros de trabajo ni limitarse a un gesto de impacto mediático. De aquí a la jornada de huelga hay margen para desarrollar trabajo sindical en los centros y en la calle, más allá de los espacios militantes habituales. Sin ese anclaje en los centros de trabajo, la capacidad de presión se reduce y la huelga pierde eficacia como herramienta de lucha colectiva.
Si el objetivo es ganar, es imprescindible ir más allá de grandes manifestaciones y del cierre puntual de aquellos centros con mayor protección frente a represalias patronales. La huelga debe aspirar a detener de forma efectiva el tejido productivo, aunque sea durante un día. Y, si no se alcanza ese nivel de paralización, al menos debe servir para reforzar la organización: generar asambleas de trabajadoras y trabajadores que debatan cómo avanzar en la subida del salario mínimo y, por extensión, de los salarios en general. Sin ese fortalecimiento organizativo, resulta legítimo preguntarse qué se consigue realmente con parar un solo día.
Desde la CNT analizamos este escenario con una mirada crítica y práctica. Desde CNT hacemos un claro llamamiento a participar de manera activa en la huelga, ya que consideramos que el actual Salario Mínimo Interprofesional no garantiza unas condiciones de vida dignas para amplios sectores de la clase trabajadora, especialmente para quienes padecen mayores niveles de precariedad. El aumento del salario mínimo es una condición necesaria, pero no suficiente por sí misma. Debe formar parte de una estrategia más amplia de autoorganización, movilización y conflicto, que no delegue la defensa de nuestras condiciones de vida en instituciones ni intermediarios. La subida del SMI es claramente insuficiente si no va acompañada de otras medidas estructurales como el control efectivo de los precios a partir del IPC real, de la reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial, de la eliminación de las distintas formas de precariedad, de unas pensiones justas y del fortalecimiento del poder de decisión de las trabajadoras y los trabajadores organizados. Sin estos elementos, cualquier aumento del salario mínimo corre el riesgo de ser absorbido rápidamente por el encarecimiento generalizado del coste de la vida.
La mejora real de los salarios no vendrá de concesiones voluntarias del capital ni de promesas electorales, sino de la capacidad de la clase trabajadora para organizarse, presionar y sostener el conflicto. Es en ese terreno, en la base, donde se sitúa y se situará la militancia de la CNT.


