10/03/2015

Un mundo se resquebraja

Escrito por Meltxor Guerrero

En julio de 1944, cuando faltan apenas nueve meses para el fin de la Segunda Guerra Mundial, los representantes de medio centenar de países se reúnen en Bretton Woods (New Hampshire, EE.UU.). Allí, en apenas un mes de monólogo estadounidense se pusieron las bases para, una vez más, refundar el capitalismo. El modelo allí implantado ha regido en buena parte del mundo durante todo el siglo XX y, aún hoy, sufrimos con infinita paciencia sus nefastas consecuencias.

Brevemente podríamos decir que en Bretton Woods se reconoce la hegemonía de Estados Unidos en el mundo capitalista, se crean instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial (paladines del nuevo imperio yanqui), se establece el dólar como la nueva moneda de referencia internacional sustituyendo el patrón oro y se fomenta de un modo obsesivo la liberalización del comercio mundial para que así los norteamericanos, que surgen de la guerra con una industria todopoderosa e indemne frente a la devastación sufrida por los países europeos, puedan inundar el mundo con sus manufacturas.

Si los acuerdos de Bretton Woods dan forma al capitalismo de la segunda mitad del siglo XX, otro hecho de similar importancia acabará configurando la estructura social de los estados europeos occidentales: la consolidación del conocido como “Estado del Bienestar”. Surgido de distintas tradiciones políticas (socialdemocracia, movimiento obrero, democracia cristiana…) y de la propia evolución del Estado asistencial liberal del siglo XIX, el “Estado del Bienestar” se implanta con distintos ritmos y variados modelos en todos los países europeos que no se encuadran en el bloque soviético. La finalidad última del mismo era lograr una cohesión social que estaba en grave riesgo en una Europa arrasada por la guerra, con el enemigo soviético a apenas unos cientos de kilómetros de París o Londres y con un activo movimiento obrero y poderosos partidos comunistas (fundamentalmente en Italia y Francia) que habían ganado un enorme prestigio en la lucha contra el fascismo.  

Las consecuencias de la implantación del “Estado del Bienestar” son, por un lado, una notable mejora de la redistribución de la riqueza vía impuestos, configurando sociedades más cohesionadas socialmente y, por tanto, menos “conflictivas” y, por otro, una desaparición paulatina de toda opción revolucionaria, ya sea de la mano de los partidos comunistas (que acaban convirtiéndose en meros remedos sentimentales de aquello que pudo ser y en una simple corriente de izquierdas de la socialdemocracia) o del movimiento obrero encuadrado en los sindicatos, integrados a partir de ahora plenamente en la maquinaria del Estado.

En el caso de los partidos comunistas y del resto de organizaciones revolucionarias, la elevación del nivel de vida de la población y la mejora de las condiciones sociales consiguen quebrar el sector social que constituía la base de todos estos proyectos. Unas acabarán languideciendo y otros convertidos en enormes burocracias temerosas de cualquier tipo de “aventurerismo”: simples maquinarias electorales vacías de todo contenido.

Paradójicamente, la evolución del movimiento sindical es notablemente distinta. En lugar de convertirse en organizaciones irrelevantes aplastadas por el rodillo del Estado, acaban acaparando más poder del que jamás han tenido. El sistema, en lugar de destruirlos, los absorbe y los convierte en uno de sus principales agentes de control social. Por ley, son elementos fundamentales en la negociación colectiva, receptores de multimillonarias subvenciones, gestores de seguros de desempleo, del inmenso agujero sin fondo de los cursos de formación o de verdaderos emporios empresariales… Su presencia e influencia social, aunque matizable según países, es enorme y su papel no es cuestionado ni cuestionable. Pero para alcanzar semejante estatus los sindicatos han debido vender su alma al diablo. Han renunciado a su papel de agentes activos en la transformación social para convertirse en meros gestores de las rentas sobrantes del capital. Se les acepta porque unos y otros son conscientes de que nunca van a ir más allá de exigir subidas salariales, mejoras en las condiciones de trabajo… es decir, una justicia social entre los estrechos márgenes que impone el Capital. Por cierto, un papel similar al que ha representado la socialdemocracia en el ámbito electoral.

De todo esto podemos deducir que tanto sindicatos como partidos ya no tienen nada que ver con su verdadera razón de ser y sí con una representación simbólica de aquello que fueron para generar el espejismo de que aún lo siguen siendo, manteniendo viva la ficción de una alternativa desaparecida hace tiempo.

Todo ello acaba generando una sociedad en la que las ideas antagonistas se han reducido a un papel meramente testimonial, la explotación y las desigualdades inherentes al capitalismo se matizan y disfrazan con las ayudas sociales y la política acaba convirtiéndose en un juego de asesores que deciden el color de la corbata o del traje del aspirante a gestor de turno.

En este universo de ficciones, donde ya nada es lo que fue a pesar de que aparente serlo, también se producen fugas que estallan de vez en cuando en forma de huelgas, revueltas sociales o con la aparición de organizaciones que tratan de desbordar los límites marcados por el sistema… pero el modelo social está firmemente asentado y nunca se ve seriamente amenazado. Sólo hay una alternativa y quien se sale del camino trazado acaba siendo condenado a la integración (la resignación como proyecto político), a la marginalidad (la invisibilidad social) o a la criminalización.

El modesto análisis aquí esbozado puede servir, grosso modo, para interpretar las sociedades occidentales durante la segunda mitad del siglo XX. Pero este modelo, tanto económico como social, hace tiempo que hace aguas por todos lados. En el caso del nuevo capitalismo surgido de Bretton Woods, las aventuras militares del imperio provocan un déficit desenfrenado ya en los años setenta y un desequilibrio comercial que culmina con la imposición temporal de aranceles por parte de Nixon, rompiendo con el marco por ellos mismo impuesto cuarenta años atrás. Además, las sucesivas crisis del sistema, la transformación de un capitalismo industrial en un capitalismo meramente especulativo o financiero cuyo único fin son los beneficios inmediatos, el auge de nuevas potencias como China que inunda el mundo con sus productos… provocan el hundimiento del modelo allí creado aunque aún tengamos que padecer muchos de sus últimos coletazos.

Del mismo modo, el Estado del Bienestar comienza a sufrir sucesivos embates a partir de la crisis de los años setenta y posteriores. Cada una de ellas ha sido utilizada por los sectores más ultraliberales para imponer su visión del mundo de un capitalismo desregularizado, en el que las fuerzas productivas liberadas de todo control legislativo campan a sus anchas con la única finalidad de aumentar sus beneficios de un modo exponencial a costa de una miseria que se extiende sin remedio, de una precariedad galopante, de bolsas enteras de población olvidadas al margen del camino… Eso sí, cuando el modelo neoliberal se hunde en el 2008 por la insaciable avaricia de los especuladores que dominan los mercados, no tienen ningún reparo en reclamar el apoyo de ese mismo Estado que rechazaban, haciendo que una ingente cantidad de millones se transfiera de los fondos públicos a manos privadas, generando enormes déficits a los que los Estados únicamente son capaces de hacer frente recortando todas las políticas sociales que eran precisamente las que definían al Estado del Bienestar.

La cohesión social se ha convertido en algo irrelevante ¿Por qué iba a ser de otro modo? Ya no hay nadie que les pueda hacer frente, las opciones revolucionarias siguen siendo insignificantes, los grandes partidos comunistas del pasado son sólo eso, pasado y los sindicatos, como ya no hay apenas migajas para repartir, han perdido su razón de ser y se encuentran desorientados… ¿Y la socialdemocracia? La histórica, aquella que hace mucho tiempo no tiene de ello más que el nombre, desde que renunció a las ideas (si es que las tuvo alguna vez) para convertirse en un simple gestor de ese sistema que ahora se desmorona sin remedio, se ha convertido en algo intrascendente.

El Estado del Bienestar, su hijo predilecto, su creación definitiva, se hunde en el abismo y lo único que saben hacer es agitar sus patéticas banderitas de plástico pidiéndonos que, por enésima vez, confiemos en ellos para volver a hacer lo que siempre han hecho: humillar la cabeza ante los poderosos y seguir sus dictados sin rechistar. Y es precisamente ese espacio simbólico de gestor social idílico el que quieren ocupar otras fuerzas situadas a la izquierda de esa patética socialdemocracia histórica. Estos también nos piden que confiemos en ellos, nos dicen que ellos sí que van a hacer frente al chantaje de los poderosos, de los mercados, de los especuladores, que van a resucitar el cadáver de un modelo social que se pudre al sol irremediablemente aunque, al parecer, ellos aún no se han dado cuenta. No son conscientes, o no quieren serlo, de que de este sistema ya no podemos esperar nada, de que el mundo se resquebraja y de que es hora de mirar más allá y volver a reconstruir opciones necesarias y sueños posibles.