El 2020 ha entrado en su último trimestre. Menudo año, para no olvidar. Experiencias personales de todo tipo, entrañables, tristes, inolvidables, prescindibles, pero no se puede obviar que este año nos deja el término Covid-19 alamacenado en un lugar preferente de ese disco duro que portamos sobre los hombros... ¿a quién no le ha trastocado la agenda el ya archiconocido virus?


El imprevisto revolcón provocado por algo que no vemos pero percibimos fuerza a que los más impacientes obtengan respuestas incluso antes de formular las preguntas. Así emergen iluminados, con Master en Bocachanclas, cuyo principal mérito consiste en pretender sentar cátedra sobre materias de las que no tienen ni puta idea. Para qué invertir tiempo en prestar atención a epidemiólogos y/o virólogos racionales si ya has encontrado al Mesías que dice lo que tú quieres oír.


Cuando comenzó la expansión de la Informática para acercarla a los hogares recuerdo que tuve en mis manos un libro cuyo título era algo así como “Informática para torpes”. Dicha publicación trataba de familiarizar los términos elementales del terreno de los microprocesadores para hacerlos más asequibles al conocimiento de las personas ajenas al mundo de los ordenadores. Era la base de lo que llamamos informática de usuario que hoy forma parte de la costumbre comunicativa de, prácticamente, toda la población.


No me atrevo a asegurar si a estas alturas sería conveniente una edición de “Covid-19 para torpes”. Creo que ya es tarde, no porque me parezca desacertada su publicación, al contrario, sino porque, alentada por los expertos en todo que no saben de nada, ya se ha conformado la división social impulsada por el reduccionismo parvulario dedicado a configurar dos bandos: el negacionista y el oficialista. Renegando de la complejidad, de las realidades cambiantes y de las muchas variables que intervienen en el mundo de los virus y de las epidemias, el desconocimiento sale airoso y simplifica el terreno. Digas lo que digas, preguntes lo que preguntes, tu etiqueta A ó B ya está lista.


Hay graciosos en todos los lados pero he de reconocer que los conspiranoicos, integrados en el club de los negacionistas, me han llamado la atención. Es como si a día de hoy pretendieran descubrir la rueda, aspecto éste que no les vendría mal si con ello aplicasen esa forma geométrica a la cuadratura de sus cabezas.


Hablar de conspiraciones en un sistema basado en la lucha por el poder tampoco es arriesgar mucho, por tanto, al conspiranoico le defino como aquel que se “moja” con las conjuras que le quedan grandes, normalmente lejanas y disparatadas, pero no mueve un dedo frente a las que tiene delante de las narices y que le afectan directamente. Que si el 5G, que si Bill Gates, que si virus de laboratorio... No hay que dejar volar la imaginación hasta espectros tan confusos.


La conspiración que yo conozco de cerca se llama Reforma Laboral. Se aplica, mejor dicho, se impone, a imagen y semejanza de los deseos de la Patronal y de la Banca a través de un brazo ejecutor llamado Gobierno, formado por uno o más Partidos.


Si algo hay que agradecerle al Covid-19 con la alteración que ha provocado en esta adormecida sociedad es que ha sacado a flote el concepto de Lucha de Clases. Entendida la noción de Lucha de Clases, más fácil es acceder a la mentalidad de Clase Trabajadora. Toda esta conciencia de quienes generamos la riqueza social acaba sepultada cada vez que un plan de ajuste es la receta represora que se nos aplica a la Clase Trabajadora. Y esa pérdida o limitación de nuestros derechos no es fruto de una ventolera de fin de semana. Es el resultado de las reuniones de despacho de unos pocos cuyas decisiones condicionan la forma de vida de miles de familias.


Ya ves, no hace falta irse muy lejos ni flotar en terrenos imaginarios para conocer conspiraciones de andar por casa a las que se les puede hacer frente. ¿Vas a seguir refugiándote en conspiraciones intergalácticas inalcanzables que no son más que una excusa para ocultar tu placidez?

Publicado en Opinión