16/06/2022

RUIDO DE SABLES

Escrito por Fernando García Regidor

Hace unos días nos desayunamos con la noticia de que un capitán del Ejército español se había llevado a su compañía de excursión al Valle de los Caídos y que rodilla en tierra, habían recibido la marcial bendición para su bandera de manos de un cura castrense.
Se montó cierto revuelo, por lo llamativo de tan franquista escenario y según dicen, el pío capitán fue cesado.
No se sabe muy bien en qué consiste o qué alcance tendrá tal cese, pero eso dijeron para calmar las aguas.
La cuestión es que hace menos días aún, el obispo de Huelva ofició una misa en la aldea de el Rocío y allí, a la sombra de las enaguas de la Blanca Paloma, lanzó una soflama misógina, homófoba y en contra de la muerte digna, en la que llamaba a los católicos a votar según esos criterios. No decía claramente a qué partidos, pero guiñaba un ojo mientras se contoneaba insinuante.
Es normal lo del hechicero. Se llama coherencia. Lo que ya es menos normal en una pretendida democracia es que las primeras filas entre los asistentes estuvieran ocupadas por oficiales de los tres ejércitos, de la Guardia Civil y de la Policía Nacional. Todos ellos con sus uniformes bien planchaditos y sus medallas bien bruñidas.
Ahí no hemos conocido noticia de ceses o sanción disciplinar alguna.
Es un clásico de la Semana Santa ver desfilar en las procesiones católicas a militares de uniforme e incluso armados. Guardias civiles de gala con charoles relucientes o legionarios haciendo malabarismos con sus fusiles de asalto al estilo majorette y portando macilentos cristos crucificados de tamaño natural, mientras vociferan himnos guerreros haciendo odas a la muerte.
Un país extranjero llamado el Vaticano impone al arzobispo castrense de España, que va por ahí haciendo sus hechicerías, con grado militar de general de división. Y al muy demócrata y progresista Ministerio de Defensa no le que queda más remedio que tragar, porque donde manda Concordato, no manda puto rojo.
Y ahí es donde llegamos al asunto feo: el Concordato con la Santa Sede. Un acuerdo firmado por Franco en 1953, mientras todavía andaba fusilando gente en cantidades industriales, y que otorgaba a la Iglesia católica una serie de generosos privilegios y prebendas, la mayoría de los cuales, a día de hoy, no han sido revisados.
No voy a entrar ahora en el detalle de los acuerdos de Franco con el Vaticano que seguimos arrastrando, que da para otro artículo, pero el de la relación del clero con las Fuerzas Armadas es uno de los más llamativos, por obsceno y exhibicionista.
La cosa es que ningún gobierno se ha atrevido nunca a meterle mano al asunto, que compromete la imagen de supuesta aconfesionalidad del Estado de una forma escandalosa.
Me inclino a sospechar que esto tiene mucho que ver con el hecho de que jamás se ha hecho una depuración de los elementos franquistas en las Fuerzas Armadas ni en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Y conociendo la composición político-sociológica de las mismas, es de suponer que el miedo a su mal carácter y a una posible reacción hostil de los bien armados y no tan bien uniformados defensores de la Patria, habrá hecho que si alguien tenía intención de cambiar las cosas, habrá dicho para sus adentros: "por la paz un Ave María" y "Virgencita Virgencita, que me quede como estoy".
No se atreven a sacar a rastras a policías, guardias civiles y militares de debajo de las faldas de la Iglesia, porque todavía en el año 2022, el ruido de sables en cuarteles, cuartelillos y comisarías, sigue siendo estridente y ensordecedor. O quizás sea porque no consideran un problema tener unas instituciones armadas infestadas de franquistas, demostrando más lealtad a los representantes de un ser imaginario en la Tierra que a sus propios gobernantes.
Sinceramente, no sé cuál de las dos opciones me resulta más aterradora.