06/01/2021

Rancio

Escrito por Antonio Malcornado

Recuerdo con claridad la primera vez que me llamaron rancio. Apenas tenía 20 años. Y mira que es una edad temprana para estropearse. Pero al parecer ya apuntaba maneras. La verdad es que pensaba que no tenía razón, mi comportamiento me parecía de lo más normal. La verdad, es que visto con perspectiva, razón no le faltaba. La verdad es que tampoco me importó en su momento. La verdad es que tampoco me importa ahora. Pero de lo que tenía en aquella época y ahora me escasea es la paciencia.

Esta reflexión viene al hilo de un reportaje sobre la historia del cantante de Barricada que vi hace unos días y de cómo me emocioné recordando canciones, vivencias. Me puse a flipar recordando lo guays que éramos, valientes, descarados, solidarios, amigos de nuestros amigos... un sinfín de melonadas.

Pero entonces me llegó como una maldición el recuerdo del adjetivo que mi compañera del curro me endosó. Y como es acertado, me puse a pensar. Y pensé en lo que me ocurre cuando me junto en no demasiadas ocasiones, con algunos amigos de la época y lo poco que me gusta que el tema de conversación gire casi la mayor parte del tiempo en recordar anécdotas, chorras la mayoría y que además por lógica matemática son siempre las mismas, aunque parece que no se acaban, nunca aparece una novedosa. Y yo enseguida salto a decir que qué cansinos, si no tienen cosas actuales que contar, qué tal les trata la vida, qué les duele, yo qué sé. Rancio, que soy un rancio.

Y es que me da en la nariz que tendemos a mitificar el pasado, en este caso el mío. Y que conste que a mí me pasa el primero cada vez que veo algún reportaje de batallitas. Pero seamos sinceros, lo único bueno de esos años 80/90 es que pasaron, de pasar, no de ocurrir. Eso y que éramos jóvenes. Punto.

Ni éramos más rebeldes, ni más revolucionarios, ni mejores, ni nada parecido. Que de toda esa gente con la que compartía tiempo, tabernas, etc, apenas un puñado han militado en algo o seguido alguna pelea. Ni política, ni sindical... nada. En cuanto pillaron algo de estabilidad laboral, o incluso sin ella, la vida les llevó por otros derroteros. Seguro que más divertidos que los míos. Pero como soy un rancio, tampoco me importa demasiado.