11/10/2020

Obsesión

Escrito por Antonio Malcornado

Coge un cuchillo grande, baña su hoja en agua tibia, introdúcelo en un bloque de mantequilla recién sacada de la nevera... parece el inicio de una película serie B. Pero es la representación gráfica de cómo la Patronal nos la clavó y nos la sigue clavando. Y nosotros/as emitimos un gruñido a modo de queja, miramos a los demás a nuestro alrededor y decimos, qué hijos de perra, habría que hacer algo... pero mejor que empiece otro y luego “si eso” (esta expresión la leo cada vez con más frecuencia y me gusta) ya voy detrás.

Y así nos luce el pelo, de rabieta en rabieta hasta la rabieta final.

Y no es que yo sea el ejemplo a seguir, ni siquiera una voz autorizada (ésta me mola también) pero es que...

Qué fácil se lo pusimos. Con qué facilidad nos convencieron de que la libertad consistía en ir a un centro comercial, irnos de vacaciones, tener un automóvil, o lo que sea. Y está muy bien, pero seguro que había otra manera de conseguirlo. La mayoría de los deseos son legítimos, lo que normalmente los hace así es la forma de conseguirlos. Porque si tienes que trabajar hasta reventar... Porque, a modo de ejemplo que podemos aplicar a otros “logros” que imaginemos, todos sabemos que la inmensa mayoría de segundas viviendas o viviendas de vacaciones que las gente currela tiene se han pagado a base de horas extras. Que la Patronal pagaba (casi siempre en sucio) encantada, a sabiendas de que de esta manera evitaba pagar las cotizaciones de una nueva contratación (alguien de nuestra misma clase social). Que además era socio de la promotora de la vivienda, recordándonos el funcionamiento que en el inicio del siglo XX las grandes corporaciones obligaban a gastar el salario en sus economatos y sus viviendas.

Pero estábamos emocionados con la nómina abultada, que no eran tal, si no un sobre marrón como los de aquel conocido partido político, y de repente no hay sobre ni manera de reclamarlo, y sí necesidades.

Pero más grave aun es la división que ha creado entre los y las trabajadoras. Han conseguido que todas nuestras alternativas sean en clave individual. Pocas veces sale bien. Eso es como agachar la cabeza ante un tiroteo interminable... más pronto que tarde te cazarán. Porque de nada sirve ser buen trabajador, de nada sirve ser dócil, ni siquiera servil, cuando dejes de ser rentable, te echarán sin miramientos. Funcionamos como creyentes de una religión que rezan a su Dios con la esperanza de no enfermar. Y ya se sabe que mientras hay esperanza no se trabaja por cambiar la realidad.

Qué resorte sicológico nos lleva a aceptar las condiciones que la Patronal nos impone? Le damos vueltas y nos convencemos de que es lo que realmente queremos. Jugamos a soñar que somos ricos, les reímos las gracias, lloramos sus desgracias, nos arrimamos como si la riqueza fuese contagiosa. Y eso a pesar de que sabemos que como la belleza... no se pega. Claro que es más cómodo, que tiene menos consecuencias, discutir o enfrentarnos con nuestros compañeros en el currelo que con el encargado, jefe o propietario. Vamos, que no queremos aceptar que somos una banda de cobardicas.

Porque ciertamente, la renuncia que hemos hecho como Clase Social es digna de una tragedia griega. Y pocas veces ha sido de otra manera, pero es que actualmente es de alucinar. Aunque también es cierto que los resortes del Capital no dan tregua. Qué decir de nuestros “representantes”. Quizás el problema de esa parte haya sido crear esos representantes y distanciarnos de nuestra problemática y dejarla en otras manos. Acaso dejas el funcionamiento de tu casa al primer oportunista que... eh, espera, no sigo por ahí, que la lío... Lo dejamos para otra ocasión. Quizás hablemos de recuperar referencias de luchas. Que existir, existen. Más allá del Athletic, la taberna y el “Partido” hay una agitada vida.

Nadie dice que sea fácil, pero como no nos queda otro remedio, hay que animarse, desandar el trabajo hecho por la Patronal, lavándonos el cerebro. El primer paso es asumir la responsabilidad ante lo que ocurre en nuestros curros, recuperar la confianza en el trabajo sindical, en el apoyo entre compañeros y compañeras, organizarnos al margen del modelo basado en las elecciones sindicales, que nos ha llevado a este callejón sin salida, plagado de desconfianza y arribistas. Os aseguro que os divertiréis y os llevaréis un montón de sustos y satisfacciones, por ejemplo, viendo la cara que se le queda a tu jefe cuando le ganes por la mano. En serio, después de contarte esto, si no actúas ya no querré seguir escuchando tus quejas.