Contra su lógica

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Meltxor Guerrero

Cuentan los poetas griegos que, en el nebuloso tiempo de los mitos, vivía cerca de Eleusis un descomunal hijo de Poseidón conocido como Polipemón, Damastes o Procusto -cada cual puede elegir el nombre que más le agrade, pues por todos ellos era conocido-. Éste, que según unos era un bandido, según otros un posadero y según otros más, un herrero, ofrecía alojamiento a los incautos viajeros que por allí pasaban. Podemos imaginar que los caminantes, fatigados tras recorrer los polvorientos y sinuosos caminos de la Hélade, agradecían aquel noble gesto y se acostaban en aquel extraño lecho de hierro que el generoso Procusto les ofrecía, reconfortados con la bondad humana que se esconde en cualquier recodo del camino.

También, sin excesiva dificultad, podemos imaginar su sorpresa al descubrir que el camastro era, en relación a su altura, o excesivamente grande o singularmente pequeño. Pero lo que ya no somos capaces de imaginar es su mirada de horror al descubrir las verdaderas intenciones de aquel amable gigante de hermosas facciones: Procusto (o Polipemón o Damastes, según haya elegido cada cual) se abalanzaba sobre sus indefensas víctimas y, poseído por un extraño furor, se dedicaba a ajustar el cuerpo de su sorprendido huésped al tamaño del duro camastro. Si las extremidades sobresalían, con una maza o una sierra (las fuentes no son muy claras al respecto) se dedicaba a recortarlas como si de un presupuesto de educación o sanidad cualquiera se tratase. Por allí rodaban brazos, piernas o cabezas que, en alegre regocijo, se entremezclaban con litros de sangre y quejumbrosos lamentos. Pero las habilidades de nuestro imaginativo herrero (o posadero o bandido) iban más allá y, si el pobre individuo que allí yacía era de corta estatura, sencillamente lo estiraba como si de un sueldo de alcalde, concejal o diputado se tratase. Y lo estiraba y estiraba descoyuntando huesos a martillazos (o mazazos, tampoco lo aclaran las fuentes) con el inquebrantable objetivo de que aquello que se retorcía entre sollozos se ajustase a la medida adecuada. En el fondo, y sin saberlo, Procusto (o Procustes, que parece ser la forma más correcta en griego antiguo) era un precursor del déficit cero, un paladín de los recortes, un alma generosa e incomprendida al servicio de un ingrato pueblo que sólo con gritos y reproches respondía a sus desvelos.

Uno de los objetivos básicos del mito fue, y sigue siendo, ayudarnos a comprender el mundo que habitamos. En ese sentido, Procusto sigue plenamente vigente. Vivimos en una sociedad procusteana y ni tan siquiera somos conscientes de ello. Hace ya tanto tiempo que nos acostamos en el lecho que el sistema nos tejió con mentiras y espejismos que ya no somos capaces de imaginar mundos más allá de este cuarto oscuro en que nos mantienen encerrados. Estamos maniatados y a merced de una lógica implacable que tiende a un único fin: el beneficio. En el sacrosanto nombre del dinero se condena a la miseria a millones de personas, se nos pretende devolver al estado de servidumbre que nunca debimos abandonar, o se nos reduce a meros números que sirven únicamente para hacer cálculos, estadísticas, cifras… que presentar a los amos del mundo que nos miran de reojo y malhumorados si se nos ocurre hacer un amago de pensamiento alternativo a la vacuidad que nos gobierna. Sí, sólo hay una lógica… y es la suya. O al menos eso nos dicen a todas horas y todos los días los fieles lacayos que les secundan en los medios de desinformación. Y es una lógica sumamente curiosa y desconcertante: para ayudar a los parados y acabar con el desempleo, nada mejor que facilitar el despido; si queremos garantizar el estado del bienestar, el método más adecuado es desmantelarlo; ¿cómo mantener los servicios sociales? Muy sencillo, volviendo a pagar lo que ya previamente habíamos pagado con nuestros impuestos. ¿Cómo garantizar que un servicio público funcione correctamente? Entregando su gestión a la empresa privada que, como todo el mundo sabe, trabaja por el bien común de forma altruista y desinteresada. Romper la luna de un banco es un acto de terrorismo y barbarie que hay que castigar con rigor draconiano, pero matar a alguien con un pelotazo de goma, no es más que un lamentable accidente. Los ejemplos se pueden multiplicar hasta la náusea, pero estamos tan anestesiados que ya ni tan siquiera nos indigna esa grotesca y burda forma de manipulación.

Hace tanto tiempo que la neolengua orwelliana está entre nosotros, que la utilización correcta y adecuada del lenguaje se puede acabar convirtiendo en un acto provocativo. Si digo que el rey es un porquero, podría acabar en los tribunales, aunque no sea más que la octava definición que el Diccionario de la Academia de la Lengua hispana da de tan peculiar y democrático oficio. Vaciando el lenguaje de contenido, lo destruyen, y si destruyen el lenguaje, bloquean la capacidad de pensar, de razonar, de comunicarnos, aislándonos a unos de otros, borrando los lazos que nos unen no solamente como clase, si no también como seres humanos, ya que un individuo sólo puede realizarse plenamente como tal en comunidad, en el seno de un grupo social. Destruidos como colectivo, somos fácilmente manipulables, moldeables, meros espectadores de un espectáculo que nos concibe únicamente como secundarios prescindibles. Hubo un tiempo en que estuvimos a punto de serlo todo, hoy ya apenas somos nada. Nos han borrado el pasado y nos quieren robar el futuro.

Ya no necesitan caretas. Su dominio es tal que creen que con un leve barniz lingüístico pueden engañarnos, mantenernos para siempre en nuestro rol de siervos obedientes y sumisos, esclavos orgullosos de sus cadenas.

Pero se equivocan. Todos estos perros se equivocan. El espejismo del estado del bienestar diluyó durante un tiempo nuestros sueños. Aquellos que jamás tuvieron nada, se encontraron con que parecía que podían tenerlo todo; hoy nos damos cuenta de que, de nuevo, el futuro nos reserva la nada. El espejismo ha estallado en mil pedazos y sólo nos queda volver a empezar. Reconstruir la vida robada, el orgullo de clase, recuperar la dignidad de la lucha, la solidaridad, la memoria, levantar de nuevo organizaciones poderosas que no claudiquen, que no negocien, que no nos vendan. Es hora de levantarnos del lecho, de romper las ataduras, de poner la economía al servicio de la humanidad y no la humanidad al servicio de la economía, de mirarles a los ojos y de escupirles nuestro desprecio.

Nos cuentan los poetas que Teseo, el gran héroe ateniense, de vuelta a su patria tras alguna de sus correrías, se encontró con Procusto. Éste trató de engatusarlo con sus habituales artimañas, podemos imaginar que le ofreció deliciosos manjares y perfumados vinos y que, frotándose las manos, le mostró el mullido lecho. En vano, el tiempo de las mentiras y los engaños había pasado. Teseo acabó con Procusto del mismo modo que Procusto había acabado con tantos y tantos otros. Su lecho empapado de sangre se convirtió en su tumba. Que cada cual saque sus propias conclusiones…

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