22/03/2024

FRAGMENTOS

Escrito por Gonzalo Mañes

Ocho de la tarde, el metro en el andén. Desciendo rápido y de un brinco me sumerjo en un vagón repleto. Digo vagón por esa memoria de los viejos trenes pintados de verde, una franja crema y sus bancos de madera. El metro sigue parado, a pesar de los pitidos insistentes. Pasan cinco minutos, y en el habitáculo las miradas van del reloj a los móviles. Llega otro ramal y el nuestro al fin arranca, lentamente, deteniéndose más de la cuenta en cada estación hasta que al fin los altavoces avisan de que hay que descender en Indautxu: fin de trayecto. Alguien murmura, quedamente: otro suicidio.

La voz, a la persona no pude discernirla en aquella masa humana que se apresuraba a salir, tenía la expresión, el sigilo, que, en aquella noche oscura, servía para avisar del peligro: ¡calla, que te pueden oír!, como en esa otra, oscurísima, en que las gentes, guarecidos como podían, temían que les denunciasen sus propios sueños. El libro de Charlotte Beradt es un descenso a alguno de esos círculos del infierno.

En sus diarios, Víctor Klemperer, autor de la “Lengua del III Reich”, cuenta el paulatino despojo que sufrió por su condición de judío, pese a su conversión y de estar casado con una “ariana”. Primero fue su empleo en la universidad, luego el acudir al teatro, a la biblioteca, su coche, la bicicleta, el transporte público, pasear por los jardines de Dresde, sentarse en los bancos de un parque…En uno de los decretos se obligaba a los “juden” a ocupar únicamente la plataforma delantera de los tranvías, eso sí, descendiendo por la trasera…

La mañana es gris, lluviosa y un compañero se afana en el ordenador con no sé qué escrito. Hablamos del último escándalo, de algunos detalles sórdidos y al unísono, la interrogación: a qué punto esa corrupción que corroe la clase política no ha permeado ya hacia abajo, contagiado, y el: “de haber podido, hubiera hecho yo lo mismo” no se ha enseñoreado de muchas conciencias…La lluvia golpea, persistente, los cristales.

En uno de los múltiples testimonios sobre los convoyes que transportaban los condenados a la muerte, un empleado de la “Deutsche Reichbahn”, que operaba los ferrocarriles del Reich, declaraba la imposibilidad de que los lugareños que habitaban cerca de los campos de la muerte no estuviesen al tanto de todo, no escuchasen los alaridos, y no percibiesen el olor nauseabundo que salía de las chimeneas y que obligaba a cerrar las ventanas: todos o casi todos estaban al corriente y muchos se lucraron del despojo de las víctimas aterrorizadas, que luego eran gaseadas e incineradas. Una maquinaria bien ajustada, “made in Germany”, que devoró para siempre, además de a millones de personas, el alma de una época, de una civilización, el mundo de ayer de S. Zweig.

Asciendo por las escaleras en dos tramos de la estación de San Mamés. Una inmensa marea camina a mi lado, no me acompaña, me rodea y en ocasiones. me impide continuar. Rostros silenciosos, miradas vacías, cansadas…Subo en medio del barullo, del ruido, arrastrado, detenido, una inmensa torrentera. Las muchedumbres me inquietan, las percibo, a veces, como un eco, involuntario, en el espejo fragmentando de la historia, de aquellas otras, de otras épocas, que a la luz de antorchas desfilaban marcialmente, sin moral ni conciencia, la disolución del individuo en lo colectivo.

Primo Lévi, un rescatado de Auschwitz, pudo comprobar que la RFA, pese a la derrota del nazismo, contaba aún en su administración, bien incrustados, a antiguos nazis reconvertidos en probos políticos y prósperos empresarios. Allí seguían también, sin ser inquietadas, fábricas y empresas que habían participado en la “solución final”, empleadoras de mano de obra esclava, con sus monumentales y desafiantes chimeneas dibujando el “skyline” del milagro alemán. Y dejó su testimonio en varias obras inmarcesibles. Una de ellas guarda este poema:

“Los que vivís seguros,

en vuestras casas caldeadas

los que os encontráis al volver por la tarde,

la comida caliente y los rostros amigos.

Considerad si es un hombre

quien trabaja en el fango

quien no conoce la paz

quien lucha por la mitad de un panecillo

quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

quien no tiene cabellos ni nombre

ni fuerzas para recordarlo

vacía la mirada y frío el regazo

como una rama invernal.

Pensad que esto ha sucedido:

os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones,

al estar en casa, al ir por la calle,

al acostaros, al levantaros;

repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

la enfermedad os imposibilite,

vuestros descendientes os vuelvan el rostro.”

El horror sigue hoy caminando a nuestro lado, en Palestina, en Ucrania, en esa pobreza que va ganando el corazón de nuestro mundo, en la angustia devorante que arrastra a algunos hasta el borde escarpado de un acantilado o a las vías del metro: un dolor inmenso acurrucado en tantas vidas que no alcanza ni expresión ni consuelo.

Leía hace un rato un breve suelto de prensa escrito asépticamente (la asepsia de las salas de disección) según el cual era cada vez más posible (¿y deseable para algunos?) una guerra “mediana” en Europa: ¿cuántas víctimas, dolor, mutilados, vidas quebradas, supone una guerra “mediana”?. El cronista no lo precisaba.

Jean Jaurès, padre del socialismo francés, dedicó sus últimos afanes a frenar la que sería llamada Primera Guerra Mundial, infiltrada ya en las conciencias a través de un huero y estúpido patrioterismo. Las balas de un nacionalista, Raoul Villain, quebraron su vida y silenciaron una de las raras voces alzadas contra el delirio que ensombrecería el continente y prepararía el advenimiento de todos los totalitarismos.

¿Estamos aún a tiempo de impedir que lo que fue no vuelva a repetirse?:

“Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también” (P. Lèvi).