La importancia de dormir

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Enrique Hoz

A mediados de Marzo, el Juancar y la Sofi estuvieron presentes en el acto de entrega de las becas que cada año otorga la Obra Social de la Caixa para que jóvenes estudiantes puedan proseguir sus estudios de posgrado en el extranjero. En un momento de su discurso, que supongo él se redacta porque para eso es Dios, o casi, según la Constitución, dijo que “estamos en un momento complicado y saldremos adelante como otras veces lo hemos hecho”. Ya sé que entre el Juancar y la Sofi las cosas no van bien desde hace unos lustros y, si encima, se añaden las tensiones producidas por las dificultades que tendrán de llegar a final de mes en esta época de crisis, es más que comprensible que atraviesen en su vida marital una fase más complicada si cabe, pero de verdad me ha emocionado que hayan querido compartir su situación con nosotros. Me seco las lágrimas y prosigo.

Continuando con su alocución, se refirió a los problemas para encontrar trabajo que tiene la población de menos edad. Claro, ahora entiendo lo de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. Como dicen que estamos en crisis voy a dar un ejemplo de austeridad y simplificaré el múltiple nombre dejándolo, hay confianza, en el Froi, así, a secas. Es evidente que el Froi ve un futuro negro, un incierto devenir laboral y ese estado anímico es el que ha podido llevarle a pegarse un tiro.

Y como gran titular de la intervención del Juancar los medios de comunicación destacaron la frase “El 50% de los jóvenes está en paro y eso es algo que a veces me quita el sueño”.

Hay que dormir. Si nos pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, lo lógico es pensar que el sueño desempeña una función muy importante para que sea tan universal en casi todas las especies de animales y tan largo en los humanos. Se muere antes por falta de sueño que de hambre o de sed. Durmiendo cargamos las pilas, además de ser un placer. Su falta comporta unos riesgos. Uno de ellos es la disminución de las facultades intelectuales: se deteriora el córtex prefrontal (una zona clave del cerebro); aumenta la distracción, aumenta el número de errores; el pensamiento se vuelve más rígido, menos creativo; el vocabulario utilizado se reduce; la articulación del discurso es más laboriosa, la coherencia lingüística es menor y la entonación más monótona; reduce la capacidad de asimilar lo aprendido; se reduce el coeficiente intelectual… Para poder escribir todo esto me he documentado y he aportado mi propia experiencia puesto que he dormido muchas veces.

No hay duda, todo encaja. El Juancar duerme poco y mal, sus facultades mentales se ven mermadas todavía más por ello y no reparó en lo poco ejemplarizante que era, en este momento, acudir a un safari de lujo en Botsuana invitado por un empresario saudí. Y la consecuencia inevitable de un viaje tan inoportuno con falta de sueño no se podía hacer esperar. Caída accidental y rotura de cadera. Prefiero no pensar en si había bebido algo antes.

El Juancar, en un gesto que ha sido calificado como histórico (histórico sería que algún día trabaje), ha pedido perdón: “Lo siento mucho. Me he equivocado… y no volverá a ocurrir”. No concreta qué es lo que siente; puede ser que lo que siente mucho es el dolor en la cadera. No matiza en qué se ha equivocado; puede ser que considere equivocarse a su movimiento descoordinado de piernas y el consiguiente tropezón. Y no explica qué es lo que no volverá a ocurrir; puede ser que se refiera a que no volveremos a enterarnos de sus correrías. Vocabulario reducido, menor coherencia lingüística… no hay duda, este individuo duerme poco y mal.

Voy a la Constitución, el texto sagrado del Estado Monárquico Bananero Español, leo el artículo 56.3 “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, (…)”. Voy al artículo 64.1 “Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. (…)”, y a continuación paso al 64.2 “De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”. Siempre me he preguntado si esa inviolabilidad y falta de responsabilidad otorgada al Juancar era por ser el depositario de algún don divino o porque, sin más, por aquellas fechas padecía alguna deficiencia mental. Lo digo porque en más de un juicio se utiliza el argumento de la limitación mental para eximir de responsabilidad a un acusado. Si el texto de la Constitución lo redactaron en una época en la que dormía de forma placentera no quiero ni pensar en la tara mental que puede tener ahora que el dormitar se le ha complicado. No hay duda, quienes dieron forma a semejante texto también sufrían las consecuencias del sueño escaso. ¿Qué tipo de actos deben ser refrendados por el Presidente o los Ministros? ¿Actos públicos, privados, todos? No me aclaro. Me diluyo en un mar de dudas e interrogantes.

No hay que olvidarse del Urdangarín, imagino que trastocado desde que vieron la luz sus juegos de números. El problema del Juancar y familia no es lo que hacen. El verdadero problema para ellos es que se sepa qué hacen. Los deslices de los últimos tiempos están despojando a la monarquía de todo su blindaje y el patinazo del Juancar, “pillado” en un renuncio que trascendió sólo porque se fracturó la cadera y tuvo que ser operado de urgencia en Madrid, ha puesto la guinda al pastel. Se le ha olvidado al Juancar el comportamiento “ejemplar” del que hablaba en su discurso de fin de año. Cómo le agradezco ese discurso, que bien viene para conciliar el sueño, el sueño reparador que nutre las funciones cognitivas.

Me echo a dormir. Tengo sueño que no es más que esa necesidad biológica que me ayudará a estar preparado cuando al despertarme tenga que hacer frente a las actividades cotidianas. Son muchas actividades. Una de ellas consiste en no ser como estos sinvergüenzas, vagos, vividores, amparados en el concepto decimonónico de las dinastías. No son buenos momentos para estos holgazanes. Hay que dormir con la esperanza de que mañana esto cambie.

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