El “escrache” y la intimidad de los trileros

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Fernando García Regidor

No me gusta la palabra “escrache”. Del mismo modo que no soporto los términos “bullying” o “mobbing”. Y paro aquí, por no seguir con una larga lista de barbarismos que me repatean.

Se supone que cuando se adopta uno de estos curiosos neologismos, se hace para poder referirse a algo que, por su novedad, carece de nombre en la lengua propia. Ahora, no entiendo muy bien por qué se quiere dar la impresión de que son nuevas ciertas situaciones o actitudes que conocemos de siempre.

Resulta que las concentraciones de denuncia de toda la vida eran “escraches” sin saberlo. Pero bueno, dejemos de lado mis manías etimológicas y vayamos al lío. Que menudo lío…

Últimamente, en los medios de comunicación, en las tertulias, los debates y los editoriales, se habla constantemente de Ada Colau, de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas y de los famosos “escraches”.

Hay en lo que dicen dos cosas que me llaman la atención. La primera es la obsesión de medios y políticos por personalizar el asunto en Ada Colau. Alguien que no es más (ni menos) que una portavoz de la PAH. En el lote de la personalización vienen incluidas las alabanzas, las descalificaciones, los aplausos y las acusaciones de toda índole.

Hay quien cree, de manera bastante obtusa, que si se consigue encontrar algún punto oscuro en la biografía de Ada Colau, se vendrá abajo la maléfica estrategia del “escrache”. Es como en las campañas electorales de los EE.UU. Si no pueden ideológicamente con su oponente, se le busca y airea algún lío de bragas (o calzoncillos) para desacreditarlo y hundir su carrera. Creo que se equivocan de estrategia. A mí, sinceramente, con todo el respeto y en este asunto, me importa un pepino Ada Colau.

La otra cosa que me llama la atención es la alarma creada entre los “demócratas” por las concentraciones ante los domicilios de algunos diputados y diputadas. Políticos y opinadores profesionales se muestran profundamente preocupados, horrorizados incluso, ante la deriva que van tomando los acontecimientos.

Aseveran que es intolerable, que se traspasan no se qué líneas rojas, que es muy peligroso, que así empezaron los nazis, que si la intimidad, que si la democracia, que si el terrorismo, que si el respeto a las reglas del juego…

¿Qué juego? Esto no es un juego, señoras y señores “demócratas de toda la vida”. Esto es la vida real. En la vida real, las decisiones que toman Sus Señorías, afectan de manera personal a la vida real de personas reales. Y esas decisiones las toman de manera personal. Podrían romper la disciplina de voto, pero no, no lo hacen y aprietan el botón. Luego son responsables.

Pulsan el botón a sabiendas de que esa acción causará un gran sufrimiento a un porcentaje importante de la población. Y ése es el problema, que Sus Señorías no ven personas, sólo ven porcentajes. Ahora, algunas de esas personas han decidido acercarse a sus domicilios a enseñarles la cara, para que vean que existen de verdad y lo pasan mal por su culpa.

Aquí llegamos al interesante tema de la tan manoseada “responsabilidad política”. La Señora Barcina, no hace mucho, justificaba las dietas que percibían los políticos de Caja Navarra con “la responsabilidad política” que asumían al tomar las decisiones que tomaban. Pero, ¿en qué consiste esa “responsabilidad”? Porque aquí ni dios responde de nada. Las malas gestiones o las peores decisiones no se traducen en dimisiones, ni inhabilitaciones, ni procesamientos, ni sanciones de ningún tipo. Entonces, supongo que la “responsabilidad política” se verá reducida al cargo de conciencia ¿no? Pues no sé. No los veo yo muy compungidos…

Y ahora, no están dispuestos a tolerar ni siquiera que se les afee la conducta en público, que (a sus ojos) viene a ser prácticamente lo mismo que poner un coche-bomba bien cargadito de amonal y tornillería variada. Según parece, la única “responsabilidad política” que están dispuestos a asumir es la de arriesgarse a no ser votados en las próximas elecciones. Esas son las “reglas del juego” que hay que respetar.

Llevan años vendiéndonos la moto de la perfección del sistema democrático español, de la transición que asombró al mundo, de la inmaculada concepción de la constitución del 78. Llevan años desmovilizando a la sociedad civil, argumentando que el Estado de Derecho tiene cauces garantistas para todo. Ahí están los juzgados, las elecciones, la prensa libre… No hay ninguna necesidad de salir a la calle si no es para pasear, ir al fútbol o de procesión.

El problema es que a lo mejor ya no cuela. Que hay quien no se traga que 38 años después de la muerte de El Caudillo no haya nada que revisar. Que hay quien piensa que el Pacto Constitucional se hizo bajo coacción, con un ruido de sables ensordecedor y que por tanto, no es válido. Hasta los curas aceptan la disolución del matrimonio si ha mediado coacción.

La movilización social les aterra, les da vértigo, especialmente cuando les afecta a su plácida vida privada. Se rompe la pared de cristal que les aísla del viento, el frío y el mal olor. Se caen los palos del chiringuito.

No tardarán en legislar democráticamente para evitar los “escraches”. Son las “reglas del juego”. Lo que pasa es que cada vez son más los que no quieren jugar a un juego en el que todo el mundo sabe que las cartas están marcadas.

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