De títeres y otras armas de destrucción masiva

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Meltxor Guerrero

Yo, ingenuo de mí, que me creía curado de espantos… que creía conocer los huecos y recovecos de un sistema brutal e indigno que se disfraza con máscaras de respeto y tolerancia mientras persigue, oprime y destruye cualquier disidencia… que me he saciado hasta la náusea con sus mentiras, manipulaciones, vacuidades y estupideces… que me he indignado y reído de sus grotescas patochadas y he blasfemado hasta quedarme ronco… Yo, ingenuo de mí, repito, me he quedado boquiabierto al descubrir que los títeres son unas peligrosísimas armas de exaltación de la violencia y de no sé qué cosas más que recoge no sé qué código penal de no sé qué supuesta democracia de no sé qué capital que gobierna no sé qué partido que se presenta como el cambio de no sé qué para cambiarlo todo y dejarlo todo igual.

Y no sólo me he quedado boquiabierto… también un tanto asustado. Después de todo tenemos en casa un pequeño pupo, un títere siciliano que hace años compramos en las faldas del Etna y que siempre he mirado con simpatía pero que ahora he comenzado a observar con desconfianza. Vestido con armadura de la cabeza a los pies, fiera mirada, espesos bigotes, escudo y espada es la viva representación de la violencia. Lo contemplo y me pregunto ¿querrá atacarme? ¿Acaso sodomizarme? ¿Estará pensando en ahorcarme o tal vez en trocearme? ¿Y si le da por hacer una pancarta escribiendo goras vete tú a saber qué y la cuelga de la ventana de nuestra casa y luego algún ofendido vecino la ve y nos denuncia ante el tribunal de la Santa Inquisición, perdón, de la Audiencia Nazional y nos acabamos pudriendo per sécula seculórum en una húmeda e infecta mazmorra de la gloriosa, indivisible y eterna monarquía hispana? Es tal mi angustia y mi miedo que he pensado en denunciarle… ¿Se podrá hacer aún tan loable gesto ciudadano de forma anónima en la web de la Ertzaintza como en los tiempos de Ares? Sudo copiosamente y las dudas me corroen. Lo mejor sería que los prohibieran, a los títeres digo. Con lo bien que se está en el fútbol ¿para qué coño quiere nadie ir a ver un espectáculo, y además con niños, con muñequitos malvados y violentos que, igual, sólo igual, te pueden poner del revés las cuatro neuronas que nos quedan?

Hace algo más de un año, dos cretinos, armados ellos sí de una de las peores armas de destrucción masiva, la religión, irrumpieron en la sede de la revista satírica francesa Charlie Hebdo al grito de dios es grande, matando a doce personas e hiriendo de gravedad a otras cuatro. Todos los medios de comunicación, todos los políticos, todas las personas de bien e, incluso, las de mal, dieron un paso al frente proclamando a los cuatro vientos su inquebrantable fe en la libertad de expresión, incluso aunque ello implicara la defensa de una publicación con la que muchos no estaban de acuerdo. Es evidente que su fe no era tan inquebrantable y que con un único muy leve viento ha sido suficiente para hacerla desaparecer. Pero ¿qué se puede esperar de los que nada son capaces de dar?

Ofrecer una visión crítica del estúpido mundo en el que vivimos se ha convertido en algo peligroso. Sí, es cierto que siempre lo ha sido y que transitar por caminos embarrados te acaba llenando de mierda hasta el cuello pero el sistema día a día se supera a sí mismo. Encarcelar titiriteros… ¿qué será lo siguiente? ¿Poner grilletes al monstruo de las galletas?

Dejemos que los amos se peleen entre ellos para repartirse los sillones del poder ¿Qué más nos da? Que la llave de nuestras celdas la tengan unos u otros no varía mucho nuestra condición. Yo, mientras tanto, he mirado más de cerca a mi pupo y me he dado cuenta que su mirada no es tan fiera, ni sus bigotes tan espesos e, incluso, sorprendido, he descubierto que su espada carece de filo… De hecho, después de estar un buen rato contemplándolo me ha dado la impresión de que me guiñaba un ojo, tal vez una expresión de complicidad con esos dos compañeros que ahora mismo están en las mazmorras de eso que llaman democracia y que el pupo y yo sabemos que no lo es.

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