Sí Se Puede… ¿El qué?

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Enrique Hoz

Bueno, bueno, ya han transcurrido unos días desde las últimas elecciones, se han configurado los ayuntamientos y, como siempre, la escenificación de este circo ha tenido episodios para todos los gustos.

Voy a bajar dialécticamente al terreno del parlamentarismo.

Pese a las diferencias aparentes entre las diversas formaciones que concurrían a estos comicios hay algo que les une, como es el olvido total del resultado real, votos y abstención, para centrarse en el falso reparto de concejalías vía Ley D'Hont. Una vez configurada esta trucada composición de los ayuntamientos ante la que no hay objeción, amnesia y sed de poder parecen ir de la mano, toca elegir al alcalde que cuide del rebaño.

Los días previos a la elección del guía empiezan a barajarse combinaciones de todo tipo, de ahí que haya reuniones previas para acercar posturas. Es como un cortejo ya estructurado, a falta de mayorías absolutas, en el que la iniciativa corre a cargo de la formación que cuenta con mayor respaldo de votos en cada localidad. Toda la campaña electoral queda ahora supeditada a intentar pactar para la ceremonia de investidura. Qué putada para algunos, con lo excitante que debe ser obtener una mayoría absoluta de concejalías aunque en las urnas esa mayoría sea inexistente.

El carrusel de declaraciones preparando el terreno no se hace esperar, destacando aquellas que claman interesadamente que debe respetarse la candidatura más votada. Creerán que eso da más puntos como en una oferta pública de empleo. Qué chorrada. ¿Acaso existe algún artículo en ese sentido dentro de la normativa del parlamentarismo burgués? ¿Es una cuestión de cortesía? Normativa o cortesía, la verdad es que el juego se reduce a una operación aritmética sumando ambiciones partidistas para desbancar al rival más directo y, cuando esto se lleva a la práctica, el aspirante a “pope” municipal que sale perjudicado no oculta su malestar. Es el momento de echar pestes de una manera, a veces, controlada, otras, desproporcionada, contra la actitud de aquellos que con menos votos en las urnas han consensuado una alianza puntual con otros, sumando más votos para arrebatarle la alcaldía, recayendo el cargo en una de las candidaturas de estos últimos. Menos pataletas, que así son las reglas, es más, en otros lugares su propio partido habrá movido ficha de igual manera para frenar otras candidaturas. Es un juego de conveniencias en el que todos los actores, da igual las siglas, participan activamente. Cosillas de la institucionalización.

Pero tengo que reconocer que el episodio más vacilón de toda la función es la votación secreta que tiene lugar en el salón de plenos de los respectivos ayuntamientos como último paso para designar definitivamente a quien va a ostentar la alcaldía. Cada concejal votará, se supone, al candidato de su partido o a otro si lo hubiese decidido así su grupo municipal o un estamento superior de su partido. Se ha dado el caso de que alguno de los concejales no ha seguido la disciplina de voto que le habían indicado y la alcaldía ha cambiado de manos. Suenan las alarmas. Alta traición. A la caza del tránsfuga. ¿Por qué ha obrado así? ¿Corrupción? ¿Intimidación? ¿Decisión personal, sin más? Que se peguen entre ellos. Sigo sin entender por qué esa votación es secreta... pero la culpa será mía, que no doy más de sí.

Y una vez finalizado el proceso, en algunas localidades ha renacido una esperanza. Desconozco el alcance de esa esperanza. Nadie mejor que quienes la han desarrollado para conocer sus verdaderos límites. Tendrá un recorrido, no voy a negarlo, y para ello basta dirigirse a Madrid y Barcelona. Nombro a estas localidades por ser probablemente los dos casos más mediáticos, los dos núcleos de mayor población, en los que el vuelco electoral que ha propiciado el cambio en la alcaldía ha suscitado gran expectación. Sería injusto por mi parte no reconocer que la elección de Manuela Carmena en Madrid y de Ada Colau en Barcelona suponen un pequeño respiro, pero no es más que eso, un leve alivio para un sector de la población, en su zona geográfica respectiva, muy castigado por el Sistema.

Posiblemente el alivio sea más grande entre los que, escondidos tras los bastidores, son los verdaderos garantes del Sistema ya que ven cómo han conseguido reconducir gran parte del descontento, quizá la mayor parte, hacía vías institucionales. En algún caso estos gurús en la sombra han podido perder algún que otro sillón (incomoda perder poltronas porque ello significa reconducir el discurso de la legitimidad por los votos), pero nadie mejor que ellos saben que para gobernar no es imprescindible ocupar un escaño o una concejalía. Su proceso de regeneración de la representatividad está dando sus frutos y si no se pasa por el aro se es condenado al ostracismo ideológico. Como reza el eslogan: La dictadura perfecta es la que te hace creer que vives en democracia.

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